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Monos herramientas

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Mes: junio 2019

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25 Junio del 2019 [ 1 ]


Javier Salas [ 2 ]

Un capuchino usa una piedra
para quebrar la cáscara.
CRÉDITO: Tiago Falotico

Desde la Edad de Piedra hasta nuestros días, la evolución humana está llena de ejemplos en los que la tecnología evolucionó a medida que eran capaces de mejorarla o adaptarla a sus necesidades. Por primera vez, podríamos contar con otra especie con un registro arqueológico de evolución tecnológica, de confirmarse los resultados de un estudio sobre los monos silbadores de las selvas de Brasil. Estos capuchinos llevan al menos tres mil años usando piedras para romper cáscaras de frutos y semillas, 450 generaciones en las que se transmitieron de unos a otros el conocimiento “cultural” necesario para seguir alimentándose de este modo hasta nuestros días.

Ya se sabía que estos pequeños monos llevan cientos de años usando herramientas de piedra para comer, pero el estudio arqueológico de sus lugares
habituales de trabajo muestra la gran novedad: una evolución de sus usos y métodos.

“Este descubrimiento presenta el primer ejemplo de variación del uso de herramientas a largo plazo fuera del linaje humano”

, asegura el estudio publicado en Nature Ecology & Evolution. Y añade:

“Nuestra identificación del cambio de uso de la herramienta de piedra en el registro arqueológico de los primates indica que los seres humanos no son únicos  esde el punto de vista de la variación de artefactos a largo plazo”.

Para los investigadores, la existencia de este cambio tecnológico a escala milenaria fuera del linaje humano abre la puerta a futuras investigaciones sobre cómo los animales que utilizan herramientas de piedra son capaces de adaptarse a las tendencias ecológicas a largo plazo. El registro más antiguo de herramientas usadas por animales no humanos es el de los chimpancés, de hace más de 4.000 años en Costa de Marfil, pero sin cambios en el tiempo. Según esta investigación, que ha desenterrado 122 herramientas líticas para su análisis cronológico, estos monos silbadores venían usando piedras más o menos del mismo tamaño para cascar estos frutos desde hace tres mil años. Pero hace unos seiscientos años introdujeron para esa tarea unas piedras más grandes y anchas que les sirvieran de yunque contra el que golpear.

Hasta entonces, las mismas piedras servían indistintamente como martillo y como soporte, y las marcas indican que atizaban con poca puntería. El patrón de golpeo muestra que quizá entonces machacaban semillas, más pequeñas que los anacardos actuales. En tiempos más recientes, hasta un siglo de antigüedad, cada vez aparecen menos de estos yunques, seguramente porque también empezaron a servirse de troncos y raíces gruesas para esa función, como se puede observar en los capuchinos actuales.

Estas 122 piedras son bastante más grandes que las habituales encontradas en la zona, lo que indica una selección consciente. Estos monos silbadores tienen una relación muy compleja con las piedras, ya que no las usan únicamente para abrir cáscaras. También las parten para poder chupar las sales de su interior, lo que genera unas lascas demasiado parecidas a las de los ancestros humanos; y las hembras en celo las utilizan para tirárselas a los machos demandando su atención sexual.

El último descubrimiento ofrece una nueva perspectiva: un uso cambiante a lo largo de los últimos milenios, lo que daría muestras de su capacidad para adaptarse a la evolución de recursos en su entorno o de mejorar su forma de reventar cáscaras para alimentarse. El trabajo de Tiago Falótico, de la Universidad de Sao Paulo, y Tomos Proffitt, de la College de Londres, explica que este cambio tecnológico puede ser una consecuencia de “la variación cultural” en los alimentos contra los que se usaban estas herramientas de piedra.

“Es decir, puede representar la firma arqueológica de múltiples poblaciones de capuchinos que frecuentaban esta ubicación, cada una de las cuales usaba piedras para diferentes alimentos”

, explican. Pero los primatólogos aseguran que también podría deberse a que una sola población de capuchinos provocara un proceso de cambio del uso de herramientas, quizá debido a la fluctuación en la abundancia de anacardos en la zona, uno de los alimentos favoritos de las poblaciones actuales. 

i

Notas

[1] TOMADO DE: https://elpais.com/elpais/2019/06/24/ciencia/1561383937_957511.html

[2] NOTA DEL EDITOR: Javier Salas es un periodista especializado en información científica, tecnológica y medioambiental. En la actualidad,
trabajo en MATERIA, sección de noticias de ciencia y tecnología del diario EL PAÍS. Forma parte del equipo del programa de radio Galaxias y Centellas y he sido colaborador de La Ventana de la SER.

Participó en el equipo fundador del periódico Público, en el que estuvo durante más de cuatro años hasta su cierre. En ese diario, trabajó como redactor de la sección de Actualidad, estando al cargo de la información sobre comunicación, educación y bienestar animal entre otros. Durante dos años formó parte de la sección de Ciencias, siendo responsable de la cobertura de acontecimientos informativos como el accidente de la central de Fukushima o la crisis volcánica de El Hierro. Antes, estuvo trabajando durante dos años y medio en la web de Informativos Telecinco al frente de la sección de cultura, ciencia, tecnología y reportajes.

– Premio Nacional de Periodismo Doñana al Desarrollo Sostenible 2013.
– Premio Vodafone de Periodismo 2016.

Email: <javier@esmateria.com>

 

“Sandra” la orangutana que se convirtió en persona

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Mes: junio 2019

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23 de junio del 2019 [1]
Enric González [2]

 

Sandra nació el 14 de febrero de 1986 en el zoológico de Rostock, en lo que entonces era la República Democrática Alemana. No se sabe mucho sobre su infancia,
salvo que su madre la rechazó. Creció en soledad. La enviaron al zoológico de Gelsenkirchen y en septiembre de 1995, con nueve años, fue vendida al zoológico de Buenos Aires. Allí se le encontró un compañero temporal con quien engendró a Sheinbira, una hembra. Sandra repitió la historia familiar: no quiso a su cría. Como su propia madre, carece de instinto maternal. De Sheinbira se perdió la pista. La compró un intermediario y se cree que está en algún lugar de Asia. Sandra permanece sola. Es el único animal de su especie en Argentina. Hasta aquí la historia previsible de un animal en cautiverio. Lo que ocurrió a partir de 2014 resulta mucho menos previsible. La Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (AFADA), representada por el abogado constitucionalista Andrés Gil Domínguez,
consideró que la situación de Sandra, “encerrada en una caja de cemento”, era intolerable y acudió a los tribunales para reclamar que dejara de ser considerada “cosa” u “objeto”, como establece el Código Civil y Comercial argentino. En marzo de 2015, el asunto llegó al Juzgado Contencioso, Administrativo y Tributario número 4 de la Ciudad de Buenos Aires, dirigido por la juez Elena Liberatori. Y ahí empezó a gestarse una sentencia sensacional. Empezó a gestarse también una peculiar relación afectiva entre una juez progresista y habituada a la polémica y una orangutana solitaria y, según sus cuidadores, crónicamente deprimida. Interrumpamos un momento la cuestión jurídica y saltemos en el tiempo hasta el 3 de julio de 2018. Sandra debía ser sometida a un chequeo médico completo, que la juez Liberatori había demorado hasta saber con exactitud qué pruebas eran necesarias y reunir un equipo profesional de máxima competencia. La orangutana bebió un zumo de frutas con un ansiolítico y luego recibió un dardo en la nalga cargado de Tilazol. Ya dormida, fue posible anestesiarla por completo. Sandra no es muy grande, pesa 40 kilos, pero es muy fuerte: puede romper con facilidad huesos humanos.

El equipo médico estaba compuesto por el veterinario jefe del Ecoparque, Dr. Guillermo Wiemeyer; el cardiólogo Dr. Guillermo Belerenian, del Instituto Pasteur; la ecografista Dr. Laura Kocun y la veterinaria primatóloga Dra. Susana Avellaneda. Se le hicieron radiografías, electrocardiogramas, ecocardiogramas, análisis de sangre, hisopado de fosas nasales, amígdalas y laringe; se le extrajo una muestra fecal y se le examinó la dentadura.

La juez argentina Elena Liberatori, en su despacho.
CRÉDITO: Mariana Eliano

La juez quiso estar presente. Una de las personas que realizaron el chequeo (cuyos resultados fueron buenos) cuenta que la juez no soltó en ningún momento la mano de la orangutana dormida. Para Elena Liberatori, Sandra había dejado de ser un caso más. “Estudié leyes para defender a los inocentes, y no hay nada más inocente que un animal” , explica la juez. Cuando habla de Sandra, parece -hablar de una amiga. Volvamos al debate jurídico y científico.

El 25 de agosto de 2014, después de la iniciativa de AFADA, Julio Conte-Grand, procurador general de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, publicó en el diario conservador La Nación un artículo titulado “Darwin ha muerto” en el que afirmaba: “La idea de otorgar personalidad jurídica a los animales, amén de configurar una ruptura con la visión clásica y un abierto rechazo a pautas distintivas básicas de naturaleza metafísica y antropológica, representa la literal y fatal descalificación de la teoría darwiniana, ya que parte importante de esa corriente de pensamiento, al tiempo que reclama el reconocimiento de la personalidad de los animales no humanos, se la niega a los embriones humanos”.

La conclusión de Conte-Grand era la siguiente: “Se postula, en consecuencia, que el ser humano, en alguna de las etapas de su vida, constituye una instancia evolutiva inferior a la de los monos. ¿Entonces el mono desciende del hombre?”. El artículo de Conte-Grand suscitó críticas de -numerosos científicos argentinos y, desde España, de la entidad Proyecto Gran Simio. El diario izquierdista Página 12 publicó la respuesta al fiscal de 253 profesionales de la biología, bajo el título “Darwin sigue vivo, y también las malas interpretaciones de la teoría evolutiva” . 

El caso de Sandra había abierto ya una gran polémica. Entretanto, la juez Liberatori preparaba su sentencia. Leyó, por ejemplo, Los animales no humanos, del jurista y sociólogo italiano Valerio Pocar, y El lenguaje de los animales, de la etóloga estadounidense Temple Grandin. Habló largamente con Lucía Guaimas, antropóloga y funcionaria de su propio juzgado. No llegó a descubrir, antes de emitir sentencia, la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia (2012), en la que un grupo de neurocientíficos, en presencia del astrónomo Stephen Hawking, proclamó que “los animales no humanos poseen substratos neuroanatómicos, neuroquímicos y neurofisiológicos de los estados de consciencia, junto con la capacidad de exhibir comportamientos intencionales” . Liberatori conoció unos meses más tarde esa declaración, pero su decisión estaba tomada. 

El 21 de octubre de 2015 se emitió sentencia: Sandra fue reconocida como “sujeto de derecho” (no “objeto”) y se ordenó al gobierno de la ciudad de Buenos Aires, propietario del zoológico y, por tanto, de la orangutana, que garantizara al animal “las condiciones naturales del hábitat y las actividades necesarias para preservar sus habilidades cognitivas”. La Fiscalía recurrió y el titular del Juzgado número 15 de lo Penal, Gustavo Letner, consideró “extinta” la reclamación a favor de Sandra. Pero la Sala Tercera en lo Penal, integrada por tres magistrados, resolvió el 12 de diciembre de 2016 que Letner no había respetado los derechos de los demandantes (la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales) y consideró que “nada obsta a considerar a este tipo de animales como sujetos de derecho no humanos”.

Sandra quedó reconocida como persona no humana. Y se le concedió un recurso de habeas corpus, el procedimiento por el que cualquier detenido puede exigir comparecer ante el juez para que este determine sobre la legalidad de su privación de libertad. A su alrededor, en el zoológico de Buenos Aires, también habían empezado a cambiar las cosas. Como en otros lugares, el hecho de mantener animales encerrados y lejos de su entorno natural ya no parecía ni educativo ni divertido, sino cruel. El 23 de junio de 2016, el jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, anunció que el zoo debía convertirse en un ecoparque. Las instalaciones se cerraron al público
y comenzó el traslado de animales, hecho —según la Fundación Azara, una prestigiosa ONG dedicada a la protección de la naturaleza— con prisas y torpeza. Murieron numerosos animales, entre ellos un mono y cinco ciervos. “El grado de ignorancia y de desprecio por la vida animal ha superado todo límite ético” , dijo Adrián Giacchino, presidente de Azara. 

La mirada de la orangutana impresiona. El encierro la deprime: si no la estimulan, permanece inactiva la mitad del día.
CRÉDITO: Natacha Pisarenko

Sandra iba quedándose sola. La juez Liberatori, convertida en la práctica en su tutora, había decidido que la orangutana debía pasar el resto de su vida en un lugar donde tuviera espacio y toda la libertad posible. Devolverla a la naturaleza estaba descartado de antemano.

Primero, porque había nacido ya en cautividad y habría sido incapaz de sobrevivir. Segundo, porque Sandra padecía, además de la reclusión, otra condena: la de ser mestiza. “Es una mezcla de orangután de Sumatra y de orangután de Borneo, y sus congéneres no la habrían admitido ni en un lugar ni en otro” , explica María Eugenia Dahlah, etóloga y miembro del equipo de cuidadores de Sandra. La decisión de su traslado, a la que el gobierno de Buenos Aires, propietario de Sandra, se resistió todo lo que pudo, requirió recursos, audiencias y debates. Finalmente se obtuvo su libertad.

¿Dónde enviar a Sandra? Se pensó inicialmente en un ecoparque brasileño, pero no reunía las condiciones. Varios expertos consultados por el juzgado propusieron otros centros y coincidieron en señalar que un lugar apropiado era el Center for Great Apes de Florida, situado entre Tampa y Orlando. La juez Liberatori visitó personalmente (pagando de su bolsillo) varios de los centros posibles y envió al secretario del juzgado (también privadamente) al Center for Great Apes para que examinara las instalaciones y averiguara las condiciones de un futuro traslado. 

La preparación del viaje de Sandra a Florida está resultando larga y llena de complicaciones. El juzgado y el Ecoparque mantienen una cooperación estrecha ( “somos como un matrimonio forzoso y debemos llevarnos bien” , comenta la juez), pero las autoridades estadounidenses imponen condiciones severas. Sandra debe llegar en buen estado de salud (de ahí las pruebas médicas exhaustivas realizadas en julio pasado), porque de lo contrario sería sometida automáticamente a eutanasia, y pasar una cuarentena con nuevos exámenes clínicos. “A un animal de circo no le impondrían condiciones tan estrictas” , lamentan en el juzgado. Los animales de circo, por otra parte, no suelen tener reconocida la condición de “persona no humana” . 

En las próximas semanas debe resolverse la licitación del traslado. Se busca una empresa que ofrezca las máximas garantías y que esté dispuesta a esperar hasta un año, por si surgen nuevos inconvenientes. Se trata de una operación logística compleja, que inquieta a toda la familia que ha ido formándose en torno a Sandra. Los expertos aconsejan que se la introduzca poco a poco en el futuro régimen de semilibertad y espacios abiertos. Temen que, tras una vida en cautiverio y muy habituada a los humanos, el cambio pueda resultar contraproducente. 

Sandra, fotografiada en el Ecoparque, antiguo zoológico de Buenos Aires.
CRÉDITO: Mariana Eliano

También está en proceso el permiso de importación por parte de Estados Unidos. En agosto debería estar todo listo. Pero entonces puede plantearse otra dificultad. Federico Ricciardi, portavoz del Ecoparque, indica que agosto es pleno invierno en Buenos Aires, mientras que en Florida las temperaturas veraniegas son muy altas. Los veterinarios aconsejan esperar un poco más, para que el contraste de temperatura sea menos extremo. “En cualquier caso, el traslado se realizará este mismo año” , afirma Ricciardi. Sandra espera desde hace tres. El presupuesto del viaje ya está aprobado. Al gobierno de Buenos Aires, que no nada en la abundancia, le costará tres millones de pesos, unos 60.000 euros.

Sandra se lo toma con paciencia. El cierre al público de las instalaciones, por la conversión del zoo en ecoparque, le ha proporcionado tranquilidad. En cierta forma, con el traslado de los otros animales, la orangutana está en la situación del jerarca nazi Rudolf Hess, el último preso de la cárcel de Spandau. A Sandra, sin embargo, se le proporcionan todos los cuidados posibles. A principios de 2016, por ejemplo, el juzgado negoció con la compañía naviera Buquebús la donación de unas cuantas sogas para que la orangutana pudiera jugar con ellas: fue complicado transportarlas, pero ya están en el “jardín privado” donde Sandra pasa muchas horas.

El abogado Gil Domínguez pidió también que se estableciera un régimen de visitas. No se puede ver a Sandra sin previa autorización judicial. Hay que recordar que, en las condiciones legales de la orangutana, tanto la cautividad como la exhibición son considerados hechos degradantes que vulneran sus derechos. Los cuidadores de Sandra procuran que juegue el mayor tiempo posible. El encierro la deprime, lo que se refleja en que, si no se la estimula, permanece inactiva más de la mitad de las horas diurnas. Además de las sogas, dispone de pelotas, canastas, telas o incluso periódicos.

La comida se le sirve cada día de una forma distinta, como estímulo, y se propicia que haga intercambios: le divierte conseguir lo que le interesa por medio de trueques. Ella tiene preferencias: “Uno de los cuidadores, muy corpulento, es su persona predilecta y le permite una gran proximidad; le gustan los tipos grandes” , sonríe el veterinario Dr. Luis Mazzola. Ella es generalmente tímida. Cuando sale al exterior tiende a quedarse al fondo, entre rocas, mirando con atención a sus visitantes. Mariana, la fotógrafa que la retrató para este reportaje, tuvo que hacer varios intentos y esperar durante horas para conseguir que Sandra se ofreciera a la cámara. Vale la pena la paciencia para observar los ojos de Sandra. Su mirada impresiona.

i

Notas

[1] TOMADO DE: https://elpais.com/elpais/2019/06/17/eps/1560778649_547496.html

[2] NOTA DEL EDITOR: Enric González se inició en el periodismo con diecisiete años, trabajando en la edición barcelonesa de la Hoja del Lunes,
para después hacerlo en El Correo Catalán y El Periódico de Catalunya. En la década de los años 80 comenzó a trabajar para El País, donde ha desarrollado la mayor parte de su carrera periodística, siendo corresponsal de este medio en Londres, París, Nueva York, Washington, Roma y Jerusalén, hasta abandonar esta última a petición propia en octubre de 2012, tras el ERE de PRISA. Es asimismo colaborador habitual de la revista cultural Jot Down. El 16 de enero de 2013 fue anunciado como nuevo columnista del diario El Mundo. También es firma habitual de la revista Alternativas Económicas desde su lanzamiento el 1 de marzo de 2013. En septiembre de 2018 ha vuelto a trabajar para el diario El País como corresponsal en Buenos Aires. Entre otras actividades, ha cubierto la guerra del Golfo, el genocidio de Ruanda y las pruebas nucleares en el atolón de Mururoa

 

 

Stefano Mancuso el hombre que habla con las plantas.

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Mes: junio 2019

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Stefano Mancuso

el hombre que habla con las plantas. [ 1 ]

Por Jorge Carrión [2]
23 de junio de 2019

Junto a los pabellones de Australia, Birmania, Rusia o el Reino Unido, en la Trienal de Milán puedes visitar el de la Nación de las Plantas. A través de
datos estadísticos, instalaciones vegetales y vídeos de experimentos, la muestra nos recuerda que sin el reino botánico no existirían el oxígeno ni la
atmósfera ni los alimentos. De ese reino depende la vida entera del planeta Tierra. El recorrido se abre con una imagen gigante que ilustra nuestra ceguera vegetal: aunque predominen los árboles, los arbustos o las flores en ese rincón de la selva, estamos programados genéticamente para fijarnos sobre todo en ese tigre que nos mira, agazapado, en una esquina.

La sala en que unos espejos multiplican la vegetación, el vídeo que revela
que la actividad química de las raíces es muy similar a la de un cerebro o el dispositivo luminotécnico y musical en que descubrimos cómo se comunican entre ellas todas las partes de una planta comparten el objetivo de hacer visible una dimensión de la realidad a la que nunca le hemos prestado la atención que merece. El proceso de visibilización culmina en los dos últimos espacios, donde escuchamos el discurso de la Nación de las Plantas en la sede de Naciones Unidas de Nueva York y donde leemos su Constitución. La voz y la prosa pertenecen a Stefano Mancuso, director del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal de la Universidad de Florencia, autor de varios libros de referencia sobre la sensibilidad y la inteligencia de las plantas y curador de la exposición.

 

Una vista del pabellón de La Nación de las Plantas en la Triennale de Milán
CRÉDITO: Gianluca di Ioia/Triennale de Milán

Si la entrada —con su tigre— se encuentra junto a la fascinante The Great Animal Orchestra, la salida da al resto de los pabellones nacionales, sin
puertas ni barreras, porque como recuerda Carlo Sgarzi —asistente del comisario—, “la nación vegetal no tiene fronteras y cree que todos los
individuos son siempre recursos, no costes ni problemas” . No es extraño que Mancuso haya recurrido a los códigos de la ciencia ficción
para conceptualizar su último proyecto: “Si llegara al planeta Tierra una nave alienígena, su tripulación seguramente se dirigiría a las plantas, vería en ellas a sus interlocutores naturales, pues constituyen el 81,8 por ciento de la vida de nuestro planeta” , afirma el investigador y divulgador. “Y a la inversa: para poder entenderlas, para poder narrarlas, hay que pensar que las plantas son extraterrestres”.

Una vocación tardía

Cabello y barba grises, Mancuso es un hombre de aspecto tranquilo, a quien imaginas fácilmente hablando con las plantas de su laboratorio en esa misma voz baja que templa cada una de sus frases, para enunciar con absoluta normalidad ideas y afirmaciones que atentan contra las definiciones que
circulan sobre qué significa ser humano, contra todo lo que nos han enseñado. “Darwin es uno de mis héroes de la infancia, porque era un viajero, un
explorador, capaz de estar cinco años fuera de casa” , me cuenta el autor de Uomini che amano le piante.

Pero fue en la edad adulta cuando se dio cuenta de la auténtica envergadura del personaje: “Tal vez sea el mayor científico de la historia, hay que pensar que en su época la ciencia —no la religión, la ciencia— creía que los seres vivos eran creación divina, el salto que nos hizo dar no tiene precedentes” . Gracias a esa tradición de sabios que miraron, que prestaron atención, que escucharon a las plantas, Mancuso acabó abducido por su campo de estudio. ¿Cuál es el origen de su interés por el reino vegetal? “Lo he hablado con muchos colegas botánicos: ninguno de nosotros conserva un recuerdo de la niñez en que sintiera un interés genuino por las plantas”, me responde. “Se trata de una pasión muy intelectual, no es intuitiva, por tanto no es propia de la infancia, sino de la edad adulta” . 

The Great Animal Orchestra
CRÉDITO: The Fondation Cartier

El otro día su padre le envió una foto en que aparece de niño mirando con mucho interés una gran hoja y le dijo: ¿ves cómo desde siempre te interesaron las plantas? Pero él le respondió que en realidad no se fijó en ellas hasta que empezó a realizar sus propios experimentos, durante su
doctorado en Pisa a fines de los años ochenta. Fue entonces cuando vivió sus semanas eureka. Construyó un recipiente de cristal para estudiar cómo reaccionan las raíces ante la presencia de un obstáculo. Según el conocimiento de la época, la raíz chocaría contra esa presencia inesperada y después se desplazaría en forma de zigzag sobre su superficie, hasta lograr esquivarla y proseguir su camino. Él vio con sus propios ojos que, en realidad, algunos centímetros antes del contacto, la raíz ya comenzaba a desviarse, para rodear el problema sin llegar a rozarlo. No solo eso: la raíz tomaba su camino por la izquierda o por la derecha según fuera más rápido. Y en el caso de que estuviera descendiendo por el centro exacto, en el 50 por ciento de las ocasiones optaba por un lado, y en el otro 50 por ciento, por el otro. 

“Yo no me esperaba nada de eso, estaba dispuesto a observar lo que se suponía que ocurriría según lo que había leído, y a trabajar a partir de esos datos, pero de pronto me di cuenta de que la planta podía percibir y decidir, que había algún tipo de sensibilidad y de inteligencia en ella” , me dice con un eco de aquella emoción todavía rebotando en sus pupilas. “Sigo trabajando en la dimensión que me abrió aquel primer experimento” .

Hijo de un general y de una maestra, ambos ahora merecidamente jubilados, Mancuso se crio en una caserna militar de Catanzaro, la capital de
Calabria que antaño fue famosa por su industria de la seda. “Se llama Franco” , me dice con una media sonrisa, “ya sé en España un general
que se llame Franco suena fatal” . Su padre era un oficial atípico, que nunca quiso que sus hijos siguieran su carrera: “Mi hermano menor, Gianluca, de
hecho, intentó ingresar en la academia y mi padre llamó por teléfono a un colega para hacer que no lo admitieran” . 

Fue su madre, Rosaria, y su otro hermano, Michele, quienes más influyeron, directamente o indirectamente en el futuro del joven Stefano. Ella, siempre cultivando sus flores, siempre rodeada de plantas, le comunicó su amor por la botánica. Él, dos años mayor que Mancuso, sufre una discapacidad que obligó a sus padres a llevarlo a diversos especialistas de toda Italia: “Fue en aquellas largas esperas médicas cuando me aficioné a la lectura, me acuerdo totalmente de la primera novela que leí entera, una de Emilio Salgari, El tesoro del presidente del Paraguay” , y se ríe. Después llegaron las ficciones de Alexandre Dumas y de Julio Verne y las obras de los clásicos de la literatura, aunque cursó el bachillerato en el Liceo Científico. 

La caserna era —en su recuerdo— un lugar perfecto para el ejercicio de la libertad y para el constante descubrimiento. Un espacio de varias hectáreas, vallado, vigilado, absolutamente seguro, donde “yo podía explorar libremente, pasar horas en soledad, entendiendo cómo funcionaba el mundo” . En cuanto cumplió 15 años también empezó a viajar solo. Un verano recorrió Italia y otro, Francia e Inglaterra. Pero fue en el mar de Calabria, durante las vacaciones escolares, cuando conoció de adolescente a quien sería y sigue siendo sus esposa, Anna Maria. Escogió Florencia para sus estudios superiores en parte por ella, que es del norte de Italia. “Pero entré en Ingeniería Agrícola porque pensaba que tenía más salida profesional que Física o que Biología, no porque ya supiera cuál era mi vocación” , me confiesa. No fue hasta los estudios de posgrado en Pisa cuando llegó el experimento con las raíces, la sorpresa, la lenta iluminación. 

Inteligencia vegetal

¿Sería posible nuestro conocimiento actual del mundo vegetal sin la ayuda de la última tecnología?, le pregunto: “Hay una que ha sido central, porque
hace sesenta años era muy compleja y ningún botánico la utilizaba, y ahora en cambio se puede aplicar con un teléfono móvil: la cámara rápida” . Mediante esa técnica fotográfica se puede observar en pocos minutos cómo una planta se ha movido durante días o meses. Mancuso es un colaborador nato. En la mayoría de sus libros encontramos cuatro manos.

El que lo hizo internacionalmente conocido, Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal, lo escribió con la periodista Alessandra Viola; en Biodiversos dialogó con Carlo Petrini, el líder del movimiento Slow Food (comida lenta); y El increíble viaje de las plantas está ilustrado por Grisha Fischer. “La mayoría de las fotografías de El futuro es vegetal son mías” , apunta, “creo que la imagen tiene una potencia superior para comunicar los mensajes” . La Nazione delle Piante, en cambio, es puro texto, porque se trata de
desarrollar los artículos que conforman la Constitución de esa nación sin Estado ni fronteras. Una vuelta de tuerca a los argumentos de El futuro es
vegetal —el mejor que ha escrito—, en que explicó por qué en el reino vegetal están las claves para corregir los atentados que la humanidad ha
cometido contra el planeta. “La nación de la plantas no reconoce la jerarquía animal, fundada en centros de mando y funciones específicas, y promueve las democracias vegetales difusas y descentralizadas” , leemos en el artículo tercero. Y en el octavo y último: “La Nación de las Plantas reconoce y garantiza la práctica de la ayuda recíproca y el apoyo mutuo entre las comunidades naturales de seres vivos” . 

El estudioso de las plantas se ha convertido en su portavoz, en su abogado, para revitalizar el género de la utopía. Su exposición en la Trienal de Milán, de hecho, contrasta con la muestra central, Broken Nature, comisariada por la prestigiosa curadora Paola Antonelli, que explora a través del arte y del diseño cómo el ser humano ha roto sistemáticamente sus vínculos con el planeta. En ella predomina la distopía. Se trata de la segunda incursión de peso de Mancuso en el ámbito museístico. El verano pasado sorprendió con El Experimento de Florencia, un proyecto con el artista Carsten Höller: los visitantes se tiraban por un tobogán alucinante con una planta en el regazo y después podían comparar, gracias a los sensores, cómo habían reaccionado ambos cuerpos durante la caída. La estructura era, por supuesto, de inspiración vegetal.

También hay una sintonía radical entre la forma y el contenido en las canciones de Botanica, el disco y espectáculo que Mancuso concibió con
Deproducers y que ha recorrido los escenarios de toda Italia. Así, el tema en que se habla de la fotosíntesis reproduce en su partitura los ritmos
de ese proceso; o cuando se refiere a la dendrocronología simula musicalmente los aros concéntricos que crecen en el interior de los árboles.

Mancuso no cesa de ensayar maneras de narrar esos otros seres vivos, que —de tan presentes— no hemos visto durante millones de años. Las plantas son tan raras, según nuestros parámetros antropocéntricos, que están diseñadas para ser comidas por los animales. Así logran que estos las protejan, las cultiven, las alimenten, las hagan viajar. Sus estrategias de supervivencia y de adaptación han sido, desde siempre, totalmente distintas de las animales, porque las plantas apostaron por las raíces, por el sedentarismo. Su necesaria relación con las especies motrices siempre se basó en la seducción. Las plantas nos seducen sobre todo por su fruto, a través de él se aseguran de que las cuidaremos y las difundiremos. Como dice Mancuso: “ El tabaco invierte un 30 por ciento de su energía, más o menos lo que un ser humano invierte en su vivienda, en producir nicotina, con el único objetivo de generar dependencia en los animales que lo consuman ”. 

El error es pensarlas “como animales minusválidos, a quienes les falta algo, movimiento, cerebro, mirada” . Y concluye: “Hay que acercarse a ellas al
revés, sin el prejuicio animal: son una forma increíble de inteligencia, como de otro planeta”…

i

Notas

[1] TOMADO DE:
https://www.nytimes.com/es/2019/06/23/stefano-mancuso-reino-vegetal/?te= 1&nl=boletin&emc=edit_bn_20190624?ca
mpaign_id=42&instance_id=10426&segment_id=14590&user_id=ceac5ba691b7e20babf888509fc48a5c&regi_id=7492
686620190624
[2] Jorge Carrión Gálvez1 (Tarragona, 1976) es un escritor y crítico literario español. Nació en Tarragona, pero ha pasado