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07 ¿Cuál es la Relación entre Moral y Movimiento Animalista?

La búsqueda por el Progreso Moral, y que éste se vea reflejado en el derecho positivo, es la razón de ser de una persona animalista.

En una sociedad siempre es posible identificar subgrupos que no pertenecen al
grupo dominante. A estos se les niegan derechos (y se les imponen deberes).
Los ejemplos son muchos, subgrupos discriminados por: su origen, color de piel,
religión, sexo, edad, preferencia sexual, ingreso económico y especie.
Ocurre Progreso Moral, cuando el grupo dominante concede derechos al grupo
excluido. Tenemos ejemplos (casi todos recientes y casi todos sucediendo en la
especie humana): la reivindicación de la mujer, la abolición de la esclavitud, la
superación del apartheid, el matrimonio igualitario, la libertad de culto, los subsidios
sociales.
La última frontera del Progreso Moral, son los animales no humanos.
Recordemos un poco los fundamentos.
Para la convivencia en sociedad, las personas tenemos dos pasiones o estados de ánimo que se destacan:
1) Alegría
2) Tristeza

 

Como hablamos de convivencia, es necesario hablar del “Otro”. Al mismo tiempo, combinar nuestras propias pasiones con las pasiones de ese “Otro”.
Así, con esa simple y básica combinación, se visualizan los cuatro sentimientos que afectan la convivencia.
Siendo que la COMPASIÓN (tristeza propia por la tristeza ajena), funciona como la raíz del Progreso Moral, y la EMPATÍA (alegría propia por la alegría ajena), el sentimiento que más contribuye al Progreso Moral.
Por supuesto que la ENVIDIA (tristeza propia por la alegría ajena), funciona como la raíz de la resistencia del Progreso Moral, y el MORBO (alegría propia por la tristeza ajena), el sentimiento que más frena al Progreso Moral.
El Progreso Moral es un resultado:

El Progreso Moral es un resultado entre dos fuerzas contrapuestas. El gallero siente alegría (legítima y sincera) cuando ve a su gallo despedazar al retador. Por eso pertenecen a una ideología restaurativa. Alegrarse por la tristeza del “Otro”, es MORBO, un sentimiento que ofrece la gran resistencia al Progreso Moral.
En el fondo, el PARTIDO ANIMALISTA debe reforzar la EMPATÍA y la COMPASIÓN y simultáneamente disminuir la envidia y el morbo.
El ser la especie dominante y poseer una inteligencia y un razonamiento superior, nos permite hacer una valoración por encima de los demás animales.
Pero la responsabilidad es directamente proporcional al poder. Nuestro predominio como especie lleva a cuestionar nuestras acciones yendo más allá del mero instinto de supervivencia, reproducción y propagación, para trascender a los animales no humanos con los que compartimos espacio y tiempo.

Además del carácter sintiente y por ello la capacidad de sufrir, sentir y construir sentimientos, se han postulado algunos criterios adicionales para dotar de estatus moral a los animales no humanos.
Pero … hagamos esta pregunta, ¿son todos los animales no humanos iguales?
Nuestras contradicciones morales se evidencian con este ejemplo:
La definición de plaga puede parecer obvia en el caso de las cucarachas o las moscas, pero con otras especies, la diferencia se hace menos evidente.
Mientras un ratón blanco (albino) de la especie Rattus rattus puede ser una tierna mascota, una población de cientos de otros ratones de la misma especie en el sistema de alcantarillado, es objeto de exterminio para proteger la salud pública.
Se justifica la destrucción de muchos individuos de la especie, pero se protege una vida individual en función del valor relativo que el ser humano asigna en uno y otro caso.
Es decir, los intereses especistas, a favor de las personas estarían permitiendo efectuar acciones contrarias para los ratones: que uno viva o que mueran muchos, dependerá de la valoración antropocéntrica que se haga de la situación particular.
La moral y la cultura son dos caras de la misma moneda. Por eso, somos afectuosos con algunos animales, nos comemos a otros y nos resultan repugnantes algunos.
El PARTIDO ANIMALISTA, debe basar sus propuestas en esa realidad (moral-cultural) de la sociedad costarricense. Realidad, que mientras vigente, es lo que es.
Por eso se imponen dos retos:
1) Ser PRAGMÁTICOS, los cambios inmediatos propuestos, deben en los posible, considerar la realidad vigente. Solo así se conseguirá el apoyo necesario para concretarlos.
2) Reconocer que la realidad es cambiante, y por ende el binomio moral-cultura, también. Eso implica desarrollar e implementar estrategias de mayor plazo, para efectivamente modificar positivamente la realidad vigente.
Para conceder un estatuto moral a los animales no humanos que sea cercano o equivalente al nuestro, se debe hacer el ejercicio de colocarnos en su lugar; reconocer en individuos de esa especie a un Otro .
La máxima moral cristiana que sostiene que “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”, supone una identificación con el Otro para asumir su realidad, su contexto y colocarse en su lugar a la hora de hacer la valoración moral de un acto .
¿Hasta dónde estamos dispuestos a buscar correspondencia entre los humanos y los otros animales como sujetos de consideración moral?, es decir: ¿cuál es el alcance de los demás en la máxima cristiana?
Recordemos el proceso histórico occidental de ampliación de la comunidad moral.
El pensamiento aristotélico establece una valoración antropocéntrica y restrictiva de la comunidad moral, solo incluía como actores morales a los varones ciudadanos de la polis, excluyendo a las mujeres, a los niños, a los esclavos, así como a los bárbaros, que eran los seres humanos no griegos.
En esta concepción, los animales no formaban parte de su filosofía moral, Aristóteles sostenía que:

Es sensato, pues, no atribuir la felicidad al buey, ni al caballo, ni
a ningún otro animal
(…) tampoco la felicidad se atribuye a un
niño
.”

Por el contrario, John Stuart Mill  en el siglo XIX afirmó que:

Por felicidad se entiende el placer y la ausencia de dolor; por
infelicidad el dolor y la falta de placer

Así, la existencia de dolor o de placer y su ausencia serían para Mill los determinantes de lo que significa ser feliz o ser infeliz. La exclusión que hace Aristóteles de los animales como sujetos con capacidad de sentir felicidad pareciera desde este punto de vista injustificada, pues es claro que los animales, en tanto que seres sintientes, son capaces de sentir dolor.

De hecho, argumenta Jesús Mosterín :

Placer y dolor cumplen una función cibernética: orientan al
organismo, lo acercan a lo que le conviene y lo alejan de lo que
le perjudica
…”, lo cual es fácilmente observable en los
animales, y continúa: “(…) los animales (los mamíferos por lo
menos) tienen un sistema nervioso del mismo tipo que el
nuestro; las mismas endorfinas y sus receptores neuronales que
nosotros poseemos se han encontrado en los sistemas nerviosos
de todos los vertebrados investigados

En el proceso de culturización occidental quedaron relegadas otras posiciones más sensibles como el epicureísmo o filosofía hedonista cuyo fundamento se basa en el principio de “el placer como fin” , una posición más emotiva que racional, en donde la posibilidad de menos razón y de más sentir es más inclusiva para el carácter sintiente que compartimos personas y los otros animales, y no limitar la comunidad moral únicamente para los humanos en virtud de su autoproclamada capacidad exclusiva de raciocinio. 

El concepto moral en occidente, durante siglos, se había basado en la filosofía racionalista, y producido un absolutismo moral , con el tiempo, empiezan otras posturas más abiertas e incluyentes .
Este cambio hace posible la incorporación de grupos marginados de la comunidad moral, consiguiéndose un beneficioso Progreso Moral.
Los seres humanos discriminados en razón de su etnia, de su edad, de su sexo, de su preparación intelectual, de su preferencia sexual, de su oficio, han empezado a ser reconocidos como personas con plena potestad, y en especial con el derecho de ser considerados sujetos morales activos.
Por ejemplo, la incorporación de las mujeres, ha transformado todos los aspectos de la convivencia humana.
En este proceso de cambio inclusivo en las concepciones bioéticas ¿existe cabida para los animales no humanos?
En el PARTIDO ANIMALISTA estamos convencidos que así debe ser. Es la dirección correcta, las personas ganaremos humanidad. ¡Un negocio redondo!
Establezcamos junto con Peter Singer algunas similitudes:

El racista viola el principio de igualdad al dar más peso a los
intereses de los miembros de su propia raza cuando hay un
enfrentamiento entre sus intereses y los de la otra raza. El sexista
viola el mismo principio al favorecer los intereses de su propio
sexo. De modo similar el especista permite que los intereses de su
propia especie predominen sobre los intereses esenciales de los
miembros de otras especies. El modelo es idéntico en los tres
casos.

Los factores que abrieron los espacios para ir abandonando las otras exclusiones de la comunidad moral, tendrán que posibilitar la incorporación de los animales no humanos.
Revisemos algunos de esos factores:
Señala Diego Gracia [] que bajo el “Paradigma Racionalista o Antiguo” hay hacia los animales obligaciones “imperfectas o de beneficencia, nunca perfectas o de justicia. Dicho de otro modo, los animales no son seres morales, pero los seres humanos sí lo son”.
En cambio bajo el “Paradigma Emotivista o Moderno” se empieza a dar un valor positivo a las emociones y a los sentimientos en la vida humana, lo cual permite valorar a los animales de una manera distinta. Continúa señalando Gracia:

los animales tienen emociones y además inteligencia en cierto
grado o hasta un cierto nivel. Por tanto, la diferencia entre el
ser humano y el animal no es esencial sino gradual; no es una
diferencia de esencia sino de grado.

La consecuencia que luego señala es que:

La perspectiva cambia completamente (…) porque no está tan
claro que los animales no sean seres morales en algún sentido (…)
Son hasta cierto punto inteligentes y desde luego tienen afectos y
emociones. Esto significa que podrían y deberían ser incluidos en
la clase de los seres morales. Lo cual nos obliga a respetarlos, de
un modo quizá no idéntico, pero sí similar al respeto que debemos
a los seres humanos (…) nuestros deberes para los animales no
son ya imperfectos o de beneficencia, sino perfectos o de justicia.
Dicho de otro modo, no sólo tenemos deberes para con ellos, sino
que ellos también tienen derechos
”.

Esta inclusión de los animales en la comunidad moral y la comparación con la integración paulatina de grupos humanos excluidos, era ya planteada por el clásico utilitarista Jeremy Bentham en 1789 quien señala:

Es probable que llegue el día en que el resto de la creación
animal pueda adquirir aquellos derechos que jamás se le podrían
haber negado a no ser por obra de la tiranía. Los franceses han
descubierto ya que la negrura de la piel no es razón para que un
ser humano haya de ser abandonado sin remisión al capricho de
un torturador. Quizá un día se llegue a reconocer que el número
de patas, la vellosidad de la piel o la terminación del os sacrum
son razones igualmente insuficientes para dejar abandonado al
mismo destino a un ser sensible. ¿Qué ha de ser, si no, lo que trace
el límite insuperable? ¿Es la facultad de razón o quizá la del
discurso? Pero un caballo o un perro adulto es, más allá de toda
comparación, un animal más racional, y con el cual es más posible
comunicarse, que con un niño de un día, de una semana o incluso
de un mes. Y aun suponiendo que fuese de otra manera, ¿qué
significaría eso? La cuestión no es si pueden razonar, o si pueden
hablar, sino ¿pueden sufrir?

Muchos de los factores excluyentes como sujetos de consideración moral para ciertos grupos humanos en razón de su etnia o sexo, pueden señalarse como compartidos con los demás animales no humanos, para hacer valoraciones que impidieran o limitaran a priori y por siglos, su incorporación a la comunidad moral.
Esos mismos factores comunes pueden favorecer ahora, con una sensibilidad renovada, que los animales no humanos dejen de estar fuera de cualquier consideración moral y que también se haya ido consolidando una mayor preocupación por la definición de su estatuto moral.

 

Con la sensibilidad y los conocimientos contemporáneos, ya no se sostiene la posición cartesiana en la que los animales son meros autómatas, esas “máquinas” de Descartes, que resultaron no sólo sentir en una forma primitiva de reacción al dolor, sino que además tienen placer, emociones y construyen sentimientos y tienen inteligencia.
Actualmente se está comprendiendo su inteligencia y además se ha atenuado su distancia biológica con el Homo sapiens por la conexión evolutiva demostrada por Darwin [], que los une a los seres humanos.
Dotar a todos los seres vivos de un significado moral, no necesariamente implica que no pueda hacerse una categorización moral entre los diferentes organismos, de acuerdo a la escala zoológica y sus características anatómicas y fisiológicas.
Es posible hacer una distinción entre dos tipos de sujetos de consideración moral:
a) el agente moral (ser activo), y
b) el paciente moral (ser pasivo).
Ambos deben ser objeto de moralidad, del agente moral se espera además un papel moral activo, es decir, una actuación moral que es posible sólo en los seres humanos en posesión de una serie de capacidades morales básicas como lenguaje articulado, autoconciencia plenamente desarrollada, racionalidad práctica, etcétera.
Los animales no humanos y ciertos seres humanos como los niños y los discapacitados mentales, no cumplen condiciones para ser agentes morales, pero en razón de poseer un bien propio (como mínimo su vida), serían pacientes morales, es decir, receptores pasivos de acciones morales de parte de los agentes morales (activos).
¿Qué hacer cuando los factores culturales y morales (humanas), separan a las especies (¿antojadizamente?) en las que quieren, comen y combaten?
Proponemos que sin cambiar el fondo moral y cultural, se mejore la relación. Las mascotas deben tratarse mejor (Tenencia Responsable), la industria animal debe mejorar en todas las líneas (Bienestar Animal), los animales plaga combatirse con las mejores y más aceptables técnicas y los animales silvestres proveerles de la infraestructura que les evite ser atropellados o aislados (genéticamente), cazados.

 

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