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PROHIBICIÓN DE PELEAS DE GALLOS EN COSTA RICA

 

El sistema legal costarricense prohíbe las peleas de gallos desde el año 1870, con la emisión de la Ley Nº 17, Deroga Ley que Autoriza Juegos de Billar y de Gallos, del 9 de mayo de 1870. 

 

Luego en el año 1889, con la emisión de la Ley Nº 47, de 1 de julio de ese año, Costa Rica ha sido consistente en establecer y reiterar la prohibición para las peleas de gallos. Valga aclarar que en igual sentido se promulgaron en su oportunidad la Ley Nº 22 Restituye Vigencia de Ley que Prohíbe el Juego de Gallos, de 7 de junio de 1906, que había sido derogada por la Ley Nº 34, Permite Juego de Gallos en Cabeceras Cantón y los Domingos y Feriados, del 18 de julio de 1902 y la Ley Nº 16 de Juegos, de 7 de setiembre de 1917.

A finales de junio de 1912, el diputado Dr. Carlos Durán Cartín, en su discurso al discutirse en tercer debate la derogatoria de la prohibición de las luchas de gallos, argumentó que las peleas de gallos era una diversión impropia de hombres serios, la cual había sido abolida en los países civilizados y relegada a las tribus árabes de Argelia y de otros países africanos. Asimismo el legislador señalaba que dichosamente Costa Rica estaba siguiendo el ejemplo de las naciones cultas, siendo común en las plazas de los pueblos la práctica por las tardes de los deportes favoritos de los anglosajones y que si se abrían las canchas de gallos era muy posible que la juventud abandonara el fútbol para ir a congregarse en ese local para apostar y presenciar la tortura y muerte de las aves. 

Dr. Carlos Durán 1852 -1924

El Dr. Durán agregaba que “LA PIEDAD ERA UNA DE LAS MÁS BELLAS CUALIDADES DEL HOMBRE, LA CUAL DEBÍA PRACTICARSE CON LOS ANIMALES Y EN MÁS ALTO GRADO CON LOS NIÑOS, CON LOS ENFERMOS Y CON LOS DESVALIDOS”. También criticaba que a pesar de la prohibición, las autoridades consentían las riñas de gallos, y más grave aún, con la presencia de menores de edad y el expendio clandestino de licores.

A pesar de los argumentos de Don Carlos, el Congreso aprobó el proyecto de ley, que permitía las luchas de gallos, el cual fue pasado al Poder Ejecutivo para su sanción final. Para el 25 de junio de 1912, el Presidente de la República de ese entonces Lic. Ricardo Jiménez Oreamuno vetaba dicho decreto.

Ricardo Jiménez Oreamuno 1845-1945

1845 – 1945

VETO a ley que pretendía legalizar las peleas de gallos 

 

Señores Diputados: 

Me veo en el muy penoso deber, cumpliendo el que me impone la Constitución en la elaboración de las leyes, de vetar vuestro decreto que  transforma en acto lícito el juego de gallos y dispone que se derive de él una nueva renta municipal. A mis ojos esa ley, si llega a darse, significará que nuestras costumbres, bien necesitadas todavía de perfeccionamiento, sufren una nueva y lamentable caída.

Es mala esa ley porque fomenta el juego, en que naufragan el amor al trabajo, el espíritu de ahorro y previsión, el bienestar del hogar, y, no pocas veces, los sentimientos de honradez y compasión humana; es mala, porque si hoy se abrieron al público de par en par las puertas de las canchas de gallos, mañana, por la lógica fatal de las cosas, habría que hacer lo mismo con las puertas de los garitos, porque ver correr dados es menos innoble que ver correr la sangre de animales, sacrificados para solaz o en aras de la codicia de los jugadores. 

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En el juego de gallos no hay de noble sino el denuedo de los animales. Lo brutal está de parte de los hombres. Que éstos necesiten para emocionarse ver en el polvo sangriento de la cancha animales heridos que se arrastran, ó que arrastran, enredadas en la navaja, sus propias entrañas, que ciegos, en un supremo esfuerzo de coraje, dan picotazos, inútiles y sin tino, hasta perder la vida, en medio de los clamores soeces de espectadores sin entrañas, es muy triste y desconsolador.

Resultado de una pelea

Pueblo que se divierte así, pueblo que goza torturando seres, es pueblo que está aún por civilizar. No creo, sin embargo, que Costa Rica merezca clasificarse en esa categoría. Habrá un grupo de personas que no ven en el juego de gallos otra cosa que un inocente pasatiempo, y habrá también otro grupo de ultra individualistas para quienes toda ley que restrinja la laxitud de costumbres, es engendro de la tiranía; pero esos grupos no son el país, ni mucho menos.

Se amputan crestas y barbas

Bien veo que hay hombres que reclaman, como su derecho, el armar de navajas a los gallos para que se maten; pero al mismo tiempo vemos niñas que se congregan para abrir a las avecillas cautivas las puertas de sus jaulas; y así como esta manifestación de la ternura extrema hacia los seres inferiores despierta un sentimiento general de simpatía, así también la petición que representa la extrema crueldad en el trato de los animales, provoca una corriente más grande aún, de sorpresa y desaprobación general. Tenemos todavía muchos vicios de que corregirnos, muchas malas costumbres que enderezar, muchos instintos bestiales que domeñar; pero parecía que de este mal paso del juego de gallos, habíamos, por fin, salido para siempre; y de ahí mi pasmo cuando se me insta a que auxilie a quienes se esfuerzan en hundir de nuevo las costumbres en el vil atascadero de antaño.

Se agregan prótesis de espuelas, para aumentar el daño infringido

Hablamos de que cada uno es libre de arriesgar en las patas de un gallo, el dinero que debía servir para sustento de la familia, para educación de la prole, aún para mejorar la propia condición; hablamos de que debemos tener libertad de ser crueles con nuestros animales, porque el derecho de propiedad nos lo da para usar y abusar de nuestras cosas; hablamos de que el derecho de emborracharse es uno de los derechos inalienables del hombre; hablamos de que, si es verdad que no tenemos derecho de vivir en la inmundicia y hacer de nuestras casas focos de infección, si lo tenemos para ser focos ambulantes de infección moral; hablarnos así de la libertad, es humillarla, degradarla, prostituirla, como humilla y degrada al Estado esta ley cuando lo obliga a que haga de baratero en la cancha de gallos. Estoy seguro de que no habría partido político que, en procesiones de propaganda electoral, usara en sus estandartes lemas como estos: “Libertad de gallos”, “Libertad de borracheras”, “Vivan los vicios reglamentados”.  Luego de la pelea, los animales muertos se descartan de cualquier forma. Me parece, entonces, que si antes de los votos y para ganarles, no había partido que prometiera leyes inspiradas en esos seudo ideales, después de los votos, no debe haber partido en el poder que las promulgue. Los restablecedores de las riñas de gallos invocan el argumento de que, a pesar de la prohibición, con toda frecuencia y en muchas partes clandestinamente las hay; y que, por lo tanto, es preferible que la ley las tolere y reglamente. 

Que haya quienes tal cual vez jueguen a salto de mata, es innegable; pero la insistencia con que los interesados se afanan por que se derogue la ley actual, evidencia que los jugadores viven en continua zozobra de las visitas intempestivas de la policía; y, por otra parte, si la ley se burla en esta materia, también se burlan, por desgracia con harta frecuencia las que prohíben los hurtos, robos y asesinatos; pero a nadie se le ocurre, fundándose en esa impunidad, pedir la derogatoria de las leyes penales y que se deje en paz a los delincuentes. 

Pretender que el bien acabe de una vez con el mal es quimérico. Cuando los hombres de buena voluntad podemos hacer es preservar en nuestros empeños de bien público, sin que se entibie nuestra fe por que haya ocasiones en que fallen, puesto que debemos vivir conscientes de que en ellos, así como en todas las demás empresas humanas, siempre hay un tanto por ciento de
esfuerzos estériles o perdidos; y si la corriente adversa no nos deja avanzar como fuera nuestro deseo, si no logramos que siempre “el mañana nos encuentre más lejos que el hoy”, que por lo menos lo que se ganó en la brega hasta hoy, ganado quede.

Luego de la pelea, los animales muertos se descartan de cualquier forma

Al expresar mi opinión, tal como la veo en el fondo de mi conciencia, lo hago sin ánimo de menosprecio u ofensa para nadie; tengo muy presente la lección de humildad que enseña el evangelio: “no juzguéis porque también no serais juzgados”; y, al examinar la opinión contraria, mi pasado se levanta y me recuerda que yo fui también gallero. No lo olvido; y aunque hace veintidós años que dejé de serlo, con sólo recordarlo siento que el rubor enciende mi rostro.

Por lo mismo, no pondré mi firma en el decreto que me habéis enviado: que sean otras las voluntades que lo autoricen. Ayudaré cuanto pueda a que Costa Rica sea una segunda Suiza, Suiza por lo pequeña, por lo montañosa, por lo culta, por lo libre; pero ayudar a que Costa Rica se convierta en un segundo Principado de Mónaco, eso nunca jamas.

DISCURSO DE RICARDO JIMÉNEZ ANTE EL CONGRESO EN RELACIÓN A VETO

Señores Diputados:

Tengo la costumbre de no tomar la palabra casi nunca en las discusiones del Congreso y ello se debe a que nadie mejor que yo reconoce mi falta de dotes oratorias y mi preparación insuficiente en la ciencia administrativa. Por eso me he limitado a seguir atentamente los debates de la Cámara y particularmente los de aquellos que pueden con palabra brillante y sólida argumentación, examinar bajo todos sus aspectos los asuntos que se discuten. El resultado es, en la mayoría de los casos, que todos los diputados podemos emitir voto, ya cristalizada nuestra opinión, con entero convencimiento de causa.

Esta misma línea de conducta habría seguido en el asunto que está hoy en tercer debate, la derogatoria de la ley que prohíbe el juego de gallos si en realidad se hubiera discutido, si los señores diputados llamados como he dicho a dirigir ó a ilustrar los pareceres, hubieran dado razones en pro ó en contra de la petición abolicionista de la prudente prohibición de la riña de
gallos: pero como no ha sucedido así, como se pregunta por la Secretaría si se considera suficientemente discutido en último debate, un punto que casi no ha sido controvertido y sobre el cual puede externarse multitud de argumentos para combatir victoriosamente la derogatoria que se pretende, me veo obligado a quebrantar mi costumbre para decir a la Cámara en pocas
frases las razones de mi voto negativo.  
El “ring” no permite que el perdedor se aleje de su rival, por lo que la pelea continua.

El “ring” no permite que el perdedor se aleje de su rival, por lo que la pelea continua

Los argumentos fundamentales que sirvieron a los redactores de la petición y los que alegó en su defensa el diputado Santos pueden condenarse así: que el juego de gallos es una diversión lícita que a nadie perjudica. Que al poner dos gallos a pelear no se comete ningún acto de crueldad, dado el instinto natural de combate que los anima y que es más cruel matarlos para servir de alimento a los hombres, torciéndoles oscuramente el cuello. Que a pesar de la prohibición vigente se juega hoy en día, sin vigilancia de la policía que impediría la entrada de los menores a la cancha y el expendio no autorizado de licores y finalmente, el peregrino argumento del señor Santos, líder de este asunto, que con leyes prohibitivas como ésta se está fomentando un sentimentalismo malsano entre la     juventud, que hace al hombre más compasivo, menos dispuesto a la pelea, que es indispensable que se vea derramar sangre para desarrollar la bravura, base del bien entendido patriotismo en una nación; que la libertad exige para que se acaten sus fueros la supresión de leyes prohibitivas: libertad de beber, libertad de jugar, libertad en la cancha de los gallos.

Sobre el primer punto tengo que decir que el juego de gallos es una diversión impropia de hombres serios, que es una costumbre abolida en los países civilizados y relegada entre tribus árabes de Argelia y de otros lugares africanos. Aquí se confunde lastimosamente lo que debemos estimar en nuestra juventud. Juegos, ¿diversiones? Si en buena hora los juegos que se practican
en Francia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, los juegos de sport que fueron la pasión de Gladston y de todos los jóvenes de su tiempo en la Universidad, de esas luchas de agilidad que  fortifican al hombre y lo preparan para todas las batallas tal como las preconiza el ex Presidente Roosevelt en su libro “La vida intensa“.

Nosotros deseamos que se de culto a la formación del animal como decía don Mauro Fernández, por aquello de “mens sana in corpore sano” y porque después de todo el carácter es una resultante del vigor físico del hombre, sin dejar por eso de negar que puede haber casos en que se abrigue en un cuerpo endeble un corazón de león. 

Dichosamente nuestro pueblo va entrando por esta vía y ya casi no vemos plaza pública en donde no se jueguen por las tardes los juegos favoritos de los anglosajones. Si mañana se abren las canchas en las cercanías de estos lugares, es muy posible que se abandone el football, el sano juego al aire libre y vayan a congregarse en el mal sitio para apostar, o simplemente para presenciar las terribles escenas de esas riñas con menoscaba de la bolsa y del verdadero sentimiento, pues que el placer consiste en asistir a la tortura y muerte de inocentes animales. Así me parece demostrado que esta diversión es ilícita y nociva para la sociedad.

¿Qué pensarán los que sostienen que no hay crueldad en instigar las peleas de gallos y verlos destrozarse por diversión, cuando les diga que en Inglaterra, país que no podrá tildarse de afeminado, país que por su severa disciplina y sus hábitos viriles ha onquistado más de la mitad del mundo civilizándolo después, que en ese país digo, hay una ley del Parlamento que reglamenta y casi prohíbe los experimentos sobre animales vivos adecuados para los ensayos científicos, si tales experimentos causan dolor a los animales? La reglamentación es severa, se necesita tener autorización especial y para ello debe especificarse previamente la clase de experimentos que se proponen y en el caso de concederse, debe anestesiarse el animal para que no sufra por obra del estudio que se verifique sobre su cuerpo. Esta es la práctica de las naciones civilizadas, sin hablar de otras leyes protectoras de los animales, sin mencionar la indignación en el Parlamento Francés por la destrucción en masa de los perros de Constantinopla, que originó el fracaso de un empréstito turco ya aceptado en las agencias de París, sin mencionar multitud de hechos que confirman mi criterio y que tratan de impedir que se martiricen los animales, que son nuestros hermanos inferiores, según lo pretende una secta
respetable de filósofos. De todos modos la piedad es una de las más bellas cualidades del hombre. Debemos practicarla con los animales y en más alto grado con los niños, con los enfermos, con los desvalidos. 

No es ésta la indignación de un poeta. Temo que si con indiferencia se contempla el sufrimiento de los animales el mal sea contagioso y se mire con indiferencia también el sufrimiento humano. La dura ley de la necesidad exige que mueran animales para nuestra subsistencia, pero la piedad interviene y hace lo más rápido posible esos actos de destrucción que son males inevitables.

El tercer argumento de que a pesar de la prohibición se juega, no me parece que valga los honores de la réplica. La culpa la tienen las autoridades que no lo impiden y los mismos interesados que no acatan la ley y lo que es más curioso todavía que vienen a jactarse de esa burla de una disposición de higiene moral, siendo ellos testigos de que se juega a espaldas de
la autoridad, en presencia de menores de edad y de que existe expendio clandestino de licores. Pero si es malo que los menores vean éstas cosas, peor mil veces es que los mayores que tienen conciencia y responsabilidad de sus actos, las practiquen.

Mi señor padre tuvo en una época de su vida mucha afición al juego de gallos. Yo oficialmente tomaba a mi cargo la limpieza de las jaulas y la alimentación de los gallos que le pertenecían. Una vez que el notó que yo tomaba el gusto a esa diversión y que ya disponía de animales propios para competir con los de mis compañeros de juventud mi padre se puso a reflexionar que no podría apartarme de esa pendiente y de ese vicio si él mismo no lo dejaba y recuerdo que desde ese día dejó de ser gallero.

Por otra parte, si a pesar de la ley se juega por los aficionados a las peleas de gallos y si a pesar de la prohibición también se juegan dados y si a pesar de la sanción moral y legal se bebe licor en exceso, seamos lógicos, votemos la abolición de todas estas restricciones como lo pedía el señor Santos y que perezcan las familias, pero que viva la libertad!

El señor diputado que acabo de mencionar ha dado en el clavo pero a la inversa de su tesis. Su argumento es el más débil de los que he propuesto contestar. Afirmó que es preciso para que el pueblo no sea afeminado que vea espectáculos como el de las canchas á donde se derrama la sangre, que debe fomentarse en el espíritu de la nueva generación el instinto del combate para
que en todas las luchas tenga la sangre de gallo en una palabra.

Ya lo dije y ahora lo repito al señor Santos que demasiada sangre se derrama en nuestro pueblo. Los abogados deben saberlo por el movimiento penal judicial y nosotros lo leemos con harta frecuencia en las columnas de la prensa. Asesinatos, heridas, riñas, esto es ya el plato de todos los días y demuestra no un ánimo viril en el país, sino el estrago del alcoholismo y el rebajamiento moral y religioso de las gentes.

NOTA DEL EDITOR

 

Hoy tenemos en Costa Rica cuatro leyes vigentes que prohíben las peleas de gallos, tanto por el maltrato a los animales como por las apuestas: 

Ley Nº 17 Deroga Ley que Autoriza Juegos de Billar y de Gallos del 9 de mayo de
1870. 
Ley Nº 47 Prohíbe el Juego de Gallos de 1 de julio de 1889. 
Ley Nº 3 Juegos de 31 de agosto de 1922, reformada por la Nº 1262 de 26 de enero
de 1951. 
La Ley Nº 7451 de Bienestar de los Animales del 17 de noviembre de 1994.